ANTE UN ENFADO, ¿HABLAS O CALLAS?

Ante un enfado, hay persona que tienen una necesidad suprema de hablar y solucionar el problema y otras personas que se bloquean y su mirada es ausente.

Veamos qué ocurre ante un enfado a nivel emocional.

La ira o rabia, se dispara ante la frustración (cuando no conseguimos aquello que esperábamos), ante una agresión o ante la imposición de límites físicos o psicológicos a nuestra conducta. La ira produce una activación de nuestro organismo que nos prepara para “atacar”, para volver a recuperar el control perdido de la situación.

A pesar de que, como el resto de emociones, la ira tiene una función adaptativa, si nos dejamos llevar la mayor parte del tiempo por ella, actuaríamos de forma impulsiva, tendríamos dificultades para conseguir nuestros objetivos a largo plazo y frecuentemente, experimentaríamos sentimientos de culpa. Todo ello repercutiría negativamente en nuestra autoestima. Por eso es importante aprender a manejar la ira y el resto de nuestras emociones.

El nivel de ira no se mantiene constante, sino que, ante una situación, varía como cuando lanzamos una pelota hacia arriba. En un primer momento, la pelota va subiendo hasta que llega un punto en el que se para y a partir de ahí, comienza a descender. Antes de que comience a subir el nivel de ira, estamos en condiciones de discutir sobre un problema.

Cuando la ira comienza a subir, nos dejamos llevar por ella, pudiendo actuar de forma hostil, grosera e incluso agresiva. Intentar razonar en ese momento con una persona que se encuentre en este nivel, sería inútil, incluso podría hacer que la situación empeorara.

Si ante el “descenso” de ira, demostramos empatía a la otra persona (nos ponemos en su lugar) podemos hacer que acabe de calmarse.
Y una vez que la persona se calme, es el momento para comentar el problema e intentar buscar soluciones.

 

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